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lunes, 25 de octubre de 2010

Omán y Gordos (II)

Lo que llevaba camino de convertirse en una mera anécdota parece tomar el cariz de un serio problema cuando al aterrizar en Estambul me dirijo a tomar mi vuelo de conexión con destino a Mascate. De nuevo, un Airbus 319, y de nuevo la pareja de inefables andaluces sentados a mi lado. Uno de ellos –el peor, el del peluco de oro- plantifica su maleta en el hueco exacto donde había colocado yo la mía, en el preciso momento en que la bajé un momento para coger el ordenador (no podía quedarme sin escribir esta historia). El otro, mientras, aprovecha mi momento de obnubilación para pedirme que le cambie el asiento, para que se puedan sentar juntos. Sí, señores, desde luego. Movido por mi excesiva cortesía accedo a su solicitud, y ya de paso pongo pasillo de por medio entre ellos yo.

Una vez resuelto el problema sobre por qué Bertín Osborne es un impresentable que me resulta simpático y por qué estos no me lo parecen, mi duda ahora se centra ahora en saber qué coño ha llevado a dos agarrulados pseudoburgueses del sur de España al Golfo Pérsico. No puedo ejercer la virtud de la discreción dos veces seguidas, algo además harto difícil cuando los decibelios de su voz retumban en mis todavía resacosos oídos. Y descubro, con gran sorpresa, que asisten al mismo evento al que voy yo, y sin duda se alojan en el mismo hotel. Por tanto a lo largo de la presente semana me los voy a encontrar para desayunar, a la hora del café, por la tarde y hasta cenaremos juntos al menos una vez. Me atrevería a jurar que incluso acabaré haciendo buenas migas con ellos. La pregunta es: ¿me atreveré a decirles que son un par de gañanes? Simpáticos, eso sí.

domingo, 24 de octubre de 2010

Omán y Gordos

Tras un largo período de escaso desarrollo creativo, me decido a escribir un nuevo post. Lo que me mueve esta vez, para variar, es la necesidad de expresar un sentimiento de buscada y me temo que irreparable intolerancia hacia la sola existencia de algunas personas.

Esta vez me dirijo a la capital de Omán, continuando con mi prolífica actividad comercial y procurando poner kilómetros de distancia entre la crisis que azota Europa y yo. Los estragos que los efluvios alcohólicos han hecho en mi organismo –cada día más marchito- el día anterior, hace que me limite a vegetar durante el vuelo. Sin embargo, cuál es mi sorpresa al verse mi leve aunque no por ello poco plácido letargo turbado por las incomprensibles y elevadas voces de dos andaluces paletos y ruidosos que ocupan sus asientos al lado de los míos. Decido abrir los ojos para responder a sus gritos con una mirada de fiera desaprobación y descubro un Breitling de oro y acero y 45 milímetros de mal gusto contoneándose a escasos centímetros de mis narices. El sujeto portador de tal erupción en la muñeca tiene una panza que irradia calorías, y hace que me sienta saciado y pierda mi apetito para el resto de la jornada. No parece un tipo de complexión gruesa, pero está tan gordo que va encajado en el asiento. No puedo sino cerrar los ojos de nuevo, reprochando internamente a los dos tipos que hayan activado mi actividad cerebral, aunque consciente a la vez de que gracias a su irritable presencia contribuya a no dejar caer mi escaso ingenio literario en el olvido.
Pues bien, decido ejercer la virtud de la discreción –una de mis debilidades- ayudado por su incomprensible acento y la falta de interés que me produce su fútil conversación –que si me he comprado un Porsche, que si he ganado un 24% en bolsa- y me pongo a pensar en qué diferencia verdaderamente a unas personas y otras. Estos tipos son ruidosos, fanfarrones y tienen un acento incomprensible. Sin embargo, ¿por qué me parecen tan distintos de otros andaluces que conozco? Las mismas características en unos y en otros se me antojan antitéticas, y lo que en unos me irrita en otros me despierta cierta simpatía.

Hace tiempo que dejé de sorprenderme por el hecho de tener que convivir con realidades de todo tipo y condición. Al fin y al cabo soy una persona moderna y exenta de nostalgias del pasado; el mero hecho de pensar en la hediondez que habría de sentirse en las calles de Madrid hace un par de siglos hace que me sienta tremendamente aliviado y agradecido de mi suerte.

Si tanto problema supone mi relación con el género humano lo ideal sería que viajara en Business, pensarán algunos lectores. Bien, puedo asegurar que cuando así ha sido tampoco he estado libre de tales amenazas. Y es que el pequeño precio que tenemos que pagar por vivir en el primer mundo implica que no exista una necesaria correlación entre el nivel económico y el cultural o educativo. Creo sin embargo que la gente como yo debería ser susceptible de recibir subvenciones públicas alegando hipersensibilidad social. Curiosa patología para alguien que vende cubos de basura por el mundo y a quien se presupone un alto grado de adaptabilidad. Pues sí, esa es mi eterna contradicción, debería ser rico para poder permitirme mantener alejados a los indeseables. Sin embargo, he de decir en mi favor, que no soy ningún misántropo, solamente tengo un bajo nivel de tolerancia para las cuestiones de mal gusto. Y además, con tanto Porsche, peluco de oro y demás, ¿por qué leches no van ellos en Business? Su panza se lo agradecería.

viernes, 19 de septiembre de 2008

De relojes y pelucos


Desde hace algún tiempo se ha despertado en mí cierto interés por el mundo de los relojes, cosa absurda en alguien que lleva la hora diez minutos adelantada y aún así tiene por costumbre llegar media hora tarde a todos los sitios. Me he dado cuenta también de que es una afición que dista mucho de ser barata, al igual que los automóviles, si bien la diferencia es que en aquéllos existe una alternativa mucho más económica y también ilegal, como es la de las réplicas. Según creo también es posible obtener un coche con la carrocería de un Ferrari y a la décima parte de su valor, aunque luego solamente tenga 60 caballos. Y si no, que le den un poco de tiempo a los chinos. Dentro de poco todos podremos aparcar en la puerta de Gabana con un Maranello y tirarle las llaves al capullo de la puerta: todo un gustazo.

Volviendo al tema de los relojes, hay que distinguir entre un reloj propiamente dicho y un peluco. El reloj da la hora, de forma más o menos elegante, ya sea automática o de cuarzo. El peluco limpia, fija y da esplendor, y ya de paso la hora, so riesgo de parecer un hortera de bolera.

Lo cierto es que hay gente que se deja una pasta en pelucos. Hoy mismo venía en el avión sentado con dos pimpollos de treinta y tantos. A mi derecha, un Bigger Bang de Hublot. A mi izquierda, un IWC Portuguese –que no es un peluco, sino todo lo contrario-. Precioso. No hay ni que decir hacia dónde se me iban los ojos, aunque en este caso no era donde quería yo mirar. El IWC lo tenía demasiado lejos, y el fulano del Hublot me estaba poniendo su mano izquierda en la cara, pasillo entre medias incluido. Así que mi gozo en un pozo. 48 mm. de diámetro en plenas narices. Todo un peluco. Está claro que hay gente que disfruta enseñando lo grande y hermoso que se traen entre manos, como un velado reflejo del tamaño de algún otro apéndice. Me viene a la cabeza mi compañero de trabajo J.B., que tiende a nutrir su colección de réplicas de lo más imposibles aprovechando la habitual saga-fuga del morito de turno cuando le enseña una placa de policía ajena. Vamos, un número.

Al igual que con los coches, el mundillo de los relojes atrae por igual a gente de lo más dispar. J.B. se los compra –bueno, o se los apropia- de palo, pero, si tuviera pasta, el Tag Heuer SLR que se marca últimamente sería auténtico. Mi consuelo es que siempre habrá cosas que a los catetos no les guste, siempre y cuando no se pongan de moda. Aunque también pensaba que el mundo de la automoción estaba también a salvo de horteras y otra gente de mal vivir, y el día que vi en un videoclip a Jennifer López con un Aston Martin se me cayó el mito. Está claro que con pasta se consigue desprestigiar todo, por mucho que digan que Jesulín no se pudo comprar un Ferrari.

Así que lo mejor es pasar desapercibido. Siempre he pensado que es más fino no tener dinero que tenerlo, o desde luego que tenerlo y enseñárselo a todo el mundo. Yo, por si acaso, he decidido quitarme mi Breitling Made in Shanghai y enfundarme de nuevo mi Swatch de plasticorro con Corto Maltés a la cabeza. “¿Quién es ese marinero maricón?” – me preguntan algunos. Con un poco de suerte nunca llegarán a saberlo.