miércoles, 13 de febrero de 2008

Espaguetis en el avión


Tengo que reconocer que las líneas aéreas polacas están, de largo, entre las que mejor dan de comer a sus pasajeros. Supongo que esto se debe a que casi el 70% de sus acciones siguen perteneciendo al Tesoro Público de Polonia, que, como casi todos los órganos administrativos no tienen el incentivo empresarial para recortar sus presupuestos y mejorar con ello su productividad o, al menos, sus beneficios. Sus pasajeros se lo agradecemos.

Ayer tuve una vez más ocasión de comprobarlo: dos menús a elegir, quiche, patés... No obstante hay que aclarar que una cosa es que se coma bien, y otra muy distinta que te sirvan espaguetis con tomate. No digo que el menú tenga que ser estrictamente polaco, entiendo que una chuleta de cerdo con puré de patatas y una botella de vodka puede no ser del gusto de todo el mundo. Pero lo de los espaguetis es demasiado. Algunos viajamos por necesidad, y el hecho de aparecer en una reunión con una mancha de tomate en la camisa no es lo más adecuado.

El hecho de no contar siquiera con una solícita cuchara que ayudase al tenedor dificultaba aún más la labor, aunque si me oyeran mis ex–conquilini Fiolla y Lucilla me dirían que la cuchara no es de recibo para spaghetti de menos de 50 cm. Claro que lo de ayer de spaghetti tenía poco. Eran espaguetis.

jueves, 7 de febrero de 2008

Los finlandeses también sudan

Y huelen. Mal, quiero decir. Si no se duchan, claro. Y también pueden ser rudos hasta extremos insospechados.
He aquí el tema que traigo hoy a colación, sentado en la fila dieciséis de un repleto Airbus A-321 de Finnair con destino Helsinki. Nunca he creído ser una persona prejuiciosa, aunque mis amigos progres disfruten haciéndome creer que no es así. Reconozco no obstante que los prejuicios han limitado mi apriorística percepción de muchas realidades que, si no hubiera conocido más en profundidad posteriormente, me habrían privado de grandes amistades, argumentos y puntos de vista. En definitiva, habría perdido la oportunidad de ganar perspectiva, algo para lo que hay que estar dispuesto, ya que exige un talante dialogante y conciliador de que en situaciones cuesta armarse.
El caso es que como por influencia paterna tiendo bastante hacia el raciovitalismo, procuro empaparme de las realidades que me circundan gracias a mi trabajo. Y, la realidad que me circunda hoy, es una pareja de finlandeses enormes, amigos y residentes en algún pueblo de la costa malagueña varias semanas al semestre. La verdad es que no tengo ningún problema en viajar en turista, política inexorable de la sobria y racional empresa en la que trabajo, aunque de cuando en cuando tengo la cuestionable suerte de encontrarme sentado junto a tipos que consiguen convertir un placentero viaje de reflexión y lectura en cuatro horas de hedor intenso.

Una vez estudiada la inconveniencia de enrabietarme injustificadamente con estos tipos, mi capacidad de adaptación a entornos hostiles me recomienda los tres pasos inmediatos a seguir: quitarse la corbata, pedir tres vodkas y brindar con mis nuevos amigos: ¡KIPPIS!