Nunca me ha gustado el fútbol. No sé si por llevar la contraria o porque procuro huir de cualquier fenómeno que mueva masas en una proporción irracional. En cualquier caso, me sorprendo a mí mismo en Amman, sin nada mejor que hacer, animando al Real Madrid en un partido contra el Barcelona que sin duda hará historia. No me da pena el Real Madrid, ya que recuerdo otra ‘manita’ a la inversa allá por los años noventa, que dio mucho que hablar.
Esta vez, decido bajar al bar del hotel, siguiendo las recomendaciones de mi jefe, que me ha pedido encarecidamente que refuerce mis activos comerciales aficionándome al fútbol. Lo bueno de ser español, y del Madrid, es que uno es capaz de ocupar el 90% del tiempo de una reunión hablando de deporte rey. Los jordanos son, además, grandes aficionados, con la diferencia de que el equipo preferido es el Barcelona. Entre camisetas, banderas y cantos –en árabe, al menos-, me siento tan abrumado que hasta le veo la gracia al asunto. El Barça hace un partido de diez y el Madrid termina con un bochornoso espectáculo de empujones más arrabalero que galáctico. Eso sí, Mourinho se va a casa como si la cosa no fuera con él. Qué flema la de los entrenadores.
Así que lejos de sufrir, no puedo sino empatizar con los asistentes al evento. Al final, en vez de salir escaldado, me voy con la barriga llena, muchos amigos de esos de un par de horas y habiéndome fumado un Romeo y Julieta nº1 que me ha sentado que no veas. Si es que el deporte une.
lunes, 29 de noviembre de 2010
sábado, 6 de noviembre de 2010
El pitufo catalufo

Mi ajetreada vida viajera me lleva hoy por tierra hasta Barcelona, que sin tener el componente aparentemente exótico de mis destinos habituales, he de reconocer que siempre guarda alguna que otra sorpresa. De hecho, empiezo a tener el síndrome de la persona que viaja mucho por el mundo pero que en su propio país se siente más de fuera que de dentro. Vamos, un paleto, pero internacional.
En cualquier caso, aquí me planto con unos clientes del este de Europa que son, en efecto, muy buenos clientes pero unos pésimos huéspedes (lo cual les perdono debido a la primera característica). No es de ellos de quien quiero hablar hoy, aunque bien me daría para un par de escritos de nutrido contenido.
El causante de mi inspiración es no obstante un individuo, veinteañero y de exigua estampa, que regenta una tienda de vinos en la Avenida Diagonal. Para estar ubicada en un sitio tan céntrico, me sorprende que esta tienda, llamada Vinalium, tenga un dependiente que se niega a decir una palabra en castellano, sabiendo que no todos tenemos la suerte de hablar la ilustre lengua del Mossèn Cinto. Hay que ser bastante idiota para comportarse de tal manera cuando entramos en su tienda con la idea de comprar, aunque he de reconocer que en los asuntos del corazón no se suele atender al sentido común, aunque uno sea catalán y haya dinero de por medio. Admirable actitud. No así la mía, que por no montar un pollo delante de los clientes agudicé el oído e intenté comprender todo lo que me decía el fulano. No obstante, aunque conseguimos intercambiar algunas frases en ambas lenguas, con la mejor de mis sonrisas le tuve que decir dos veces que no hablaba catalán, lo que solo consiguió que me repitiera lo mismo, pero más despacio. Todo un detalle. Creo además que no era un tema de vergüenza por no dominar el castellano, ya que este pequeño patriotero no tuvo ningún reparo en hablar un inglés de guardería con mis clientes.
Para colmo, sus recomendaciones a la hora de elegir el vino solamente pasaban del Penedés al Ampurdán, y del Montsant al Costers del Segre. Sinceramente, viéndome abocado a gastarme el dinero en esa tienda, por lo menos le tocaría un poco las pelotas yo también a él. Así que tiré para Rioja y Ribera de Duero, que para algo uno presume de español y de castellano viejo, no sin antes dejarle claro que los vinos catalanes podrán estar muy bien, pero que en lo que se refiere a tintos ganan los otros, los malos, los invasores.
Hacía años que no me pasaba algo así, aunque aquélla vez fue en lo profundo del campo gerundense. Si así se las gastan ahora también en Barcelona, habrá que salir huyendo. Con lo bonito que es Cataluña, y con la cantidad de amigos catalanes que tengo, es toda una lástima. Allá se lo coman. Eso sí, con pa amb tomàquet.
En cualquier caso, aquí me planto con unos clientes del este de Europa que son, en efecto, muy buenos clientes pero unos pésimos huéspedes (lo cual les perdono debido a la primera característica). No es de ellos de quien quiero hablar hoy, aunque bien me daría para un par de escritos de nutrido contenido.
El causante de mi inspiración es no obstante un individuo, veinteañero y de exigua estampa, que regenta una tienda de vinos en la Avenida Diagonal. Para estar ubicada en un sitio tan céntrico, me sorprende que esta tienda, llamada Vinalium, tenga un dependiente que se niega a decir una palabra en castellano, sabiendo que no todos tenemos la suerte de hablar la ilustre lengua del Mossèn Cinto. Hay que ser bastante idiota para comportarse de tal manera cuando entramos en su tienda con la idea de comprar, aunque he de reconocer que en los asuntos del corazón no se suele atender al sentido común, aunque uno sea catalán y haya dinero de por medio. Admirable actitud. No así la mía, que por no montar un pollo delante de los clientes agudicé el oído e intenté comprender todo lo que me decía el fulano. No obstante, aunque conseguimos intercambiar algunas frases en ambas lenguas, con la mejor de mis sonrisas le tuve que decir dos veces que no hablaba catalán, lo que solo consiguió que me repitiera lo mismo, pero más despacio. Todo un detalle. Creo además que no era un tema de vergüenza por no dominar el castellano, ya que este pequeño patriotero no tuvo ningún reparo en hablar un inglés de guardería con mis clientes.
Para colmo, sus recomendaciones a la hora de elegir el vino solamente pasaban del Penedés al Ampurdán, y del Montsant al Costers del Segre. Sinceramente, viéndome abocado a gastarme el dinero en esa tienda, por lo menos le tocaría un poco las pelotas yo también a él. Así que tiré para Rioja y Ribera de Duero, que para algo uno presume de español y de castellano viejo, no sin antes dejarle claro que los vinos catalanes podrán estar muy bien, pero que en lo que se refiere a tintos ganan los otros, los malos, los invasores.
Hacía años que no me pasaba algo así, aunque aquélla vez fue en lo profundo del campo gerundense. Si así se las gastan ahora también en Barcelona, habrá que salir huyendo. Con lo bonito que es Cataluña, y con la cantidad de amigos catalanes que tengo, es toda una lástima. Allá se lo coman. Eso sí, con pa amb tomàquet.
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