viernes, 19 de septiembre de 2008

De relojes y pelucos


Desde hace algún tiempo se ha despertado en mí cierto interés por el mundo de los relojes, cosa absurda en alguien que lleva la hora diez minutos adelantada y aún así tiene por costumbre llegar media hora tarde a todos los sitios. Me he dado cuenta también de que es una afición que dista mucho de ser barata, al igual que los automóviles, si bien la diferencia es que en aquéllos existe una alternativa mucho más económica y también ilegal, como es la de las réplicas. Según creo también es posible obtener un coche con la carrocería de un Ferrari y a la décima parte de su valor, aunque luego solamente tenga 60 caballos. Y si no, que le den un poco de tiempo a los chinos. Dentro de poco todos podremos aparcar en la puerta de Gabana con un Maranello y tirarle las llaves al capullo de la puerta: todo un gustazo.

Volviendo al tema de los relojes, hay que distinguir entre un reloj propiamente dicho y un peluco. El reloj da la hora, de forma más o menos elegante, ya sea automática o de cuarzo. El peluco limpia, fija y da esplendor, y ya de paso la hora, so riesgo de parecer un hortera de bolera.

Lo cierto es que hay gente que se deja una pasta en pelucos. Hoy mismo venía en el avión sentado con dos pimpollos de treinta y tantos. A mi derecha, un Bigger Bang de Hublot. A mi izquierda, un IWC Portuguese –que no es un peluco, sino todo lo contrario-. Precioso. No hay ni que decir hacia dónde se me iban los ojos, aunque en este caso no era donde quería yo mirar. El IWC lo tenía demasiado lejos, y el fulano del Hublot me estaba poniendo su mano izquierda en la cara, pasillo entre medias incluido. Así que mi gozo en un pozo. 48 mm. de diámetro en plenas narices. Todo un peluco. Está claro que hay gente que disfruta enseñando lo grande y hermoso que se traen entre manos, como un velado reflejo del tamaño de algún otro apéndice. Me viene a la cabeza mi compañero de trabajo J.B., que tiende a nutrir su colección de réplicas de lo más imposibles aprovechando la habitual saga-fuga del morito de turno cuando le enseña una placa de policía ajena. Vamos, un número.

Al igual que con los coches, el mundillo de los relojes atrae por igual a gente de lo más dispar. J.B. se los compra –bueno, o se los apropia- de palo, pero, si tuviera pasta, el Tag Heuer SLR que se marca últimamente sería auténtico. Mi consuelo es que siempre habrá cosas que a los catetos no les guste, siempre y cuando no se pongan de moda. Aunque también pensaba que el mundo de la automoción estaba también a salvo de horteras y otra gente de mal vivir, y el día que vi en un videoclip a Jennifer López con un Aston Martin se me cayó el mito. Está claro que con pasta se consigue desprestigiar todo, por mucho que digan que Jesulín no se pudo comprar un Ferrari.

Así que lo mejor es pasar desapercibido. Siempre he pensado que es más fino no tener dinero que tenerlo, o desde luego que tenerlo y enseñárselo a todo el mundo. Yo, por si acaso, he decidido quitarme mi Breitling Made in Shanghai y enfundarme de nuevo mi Swatch de plasticorro con Corto Maltés a la cabeza. “¿Quién es ese marinero maricón?” – me preguntan algunos. Con un poco de suerte nunca llegarán a saberlo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Interesante...!