lunes, 6 de octubre de 2008

Cooked in Spain

Entre las muchas tonterías que puede cometer el ser humano se encuentra la de ir a un restaurante español en Finlandia, especialmente cuando uno es oriundo de la tierra que vio nacer a Joselito. Aun así, muchas veces la curiosidad puede más que el sentido común, y he aquí el caso que nos ocupa hoy. Diré para mi defensa que el restaurante en cuestión, de nombre el Sevilla, no como la ciudad sino como el cantante de los “Mojinos Escozíos”, se halla en el hotel donde me alojo, así que no he danzado por Helsinki en su busca, cual Indiana Jones postmoderno en busca del MacDonalds perdido o del Hard Rock de rigor.

En el Sevilla, cualquier parecido con la cocina española es pura coincidencia. Lo que más familiar me sonaba era la voz de Paulina Rubio saliendo de los altavoces, que tiene de español a Colate y poco más. Para colmo el camarero me recomienda un vino argentino. Anda majo –le digo-, tráete un Sangre de Toro que más vale lo malo conocido.

Tras echar un vistazo a la carta y toparme con nombres de lo más chirriante –“café matador”, "café señorita"- mi menú comienza –no puede ser de otra forma- con unas “tapas” (me encanta cómo dicen “tapas” los guiris). Las “tapas” en Finlandia deben de ser la versión española de los rollitos de primavera en el resto del mundo. A saber: un mini plato de ensalada de tomate y un kilo de cebolla encima, aliñado con aceite de girasol; un trozo de ladrillo que llaman “tortilla”, sin duda cocinada con el mismo aceite, y cubierto –sin exagerar un ápice- de cerca de dos docenas de dientes de ajo enteros; por último, unas alcachofas con dos lonchas de jamón (¿…?). Éste no es sino una especie de jamón de Parma, seco, magro y sin vetas, justo al contrario de cómo ha de ser un jamón de verdad. Inciso: cuando oigo a los catalanes hablar de su pernil, me lo imagino así, por muy iberic que sea. Cosas de la ignorancia y de la falta de urbanidad.

Sin embargo lo más gracioso llegó cuando, al son de unos mariachis, me traen un plato de supuestas albóndigas ensartadas en un pincho moruno y con todo tipo de accesorios alrededor. Un plato de lo más pintón, que diría mi jefe, pero que de español no tiene ni un pelo. Si esto es lo que pone José Andrés en su garito de Washington le auguro un futuro de lo más incierto. Por cierto que recientemente me comentaba Flavia que deberíamos poner un restaurante español en algún país escandinavo, concretamente en Noruega. Empiezo a pensar que no sería mala idea.

Yo, por si acaso, he decidido adelantar un día mi vuelta a la oficina. Un compañero de Extremadura va a celebrar uno de sus éxitos abriendo un jamón de su tierra. De los de verdad.

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