domingo, 24 de octubre de 2010

Omán y Gordos

Tras un largo período de escaso desarrollo creativo, me decido a escribir un nuevo post. Lo que me mueve esta vez, para variar, es la necesidad de expresar un sentimiento de buscada y me temo que irreparable intolerancia hacia la sola existencia de algunas personas.

Esta vez me dirijo a la capital de Omán, continuando con mi prolífica actividad comercial y procurando poner kilómetros de distancia entre la crisis que azota Europa y yo. Los estragos que los efluvios alcohólicos han hecho en mi organismo –cada día más marchito- el día anterior, hace que me limite a vegetar durante el vuelo. Sin embargo, cuál es mi sorpresa al verse mi leve aunque no por ello poco plácido letargo turbado por las incomprensibles y elevadas voces de dos andaluces paletos y ruidosos que ocupan sus asientos al lado de los míos. Decido abrir los ojos para responder a sus gritos con una mirada de fiera desaprobación y descubro un Breitling de oro y acero y 45 milímetros de mal gusto contoneándose a escasos centímetros de mis narices. El sujeto portador de tal erupción en la muñeca tiene una panza que irradia calorías, y hace que me sienta saciado y pierda mi apetito para el resto de la jornada. No parece un tipo de complexión gruesa, pero está tan gordo que va encajado en el asiento. No puedo sino cerrar los ojos de nuevo, reprochando internamente a los dos tipos que hayan activado mi actividad cerebral, aunque consciente a la vez de que gracias a su irritable presencia contribuya a no dejar caer mi escaso ingenio literario en el olvido.
Pues bien, decido ejercer la virtud de la discreción –una de mis debilidades- ayudado por su incomprensible acento y la falta de interés que me produce su fútil conversación –que si me he comprado un Porsche, que si he ganado un 24% en bolsa- y me pongo a pensar en qué diferencia verdaderamente a unas personas y otras. Estos tipos son ruidosos, fanfarrones y tienen un acento incomprensible. Sin embargo, ¿por qué me parecen tan distintos de otros andaluces que conozco? Las mismas características en unos y en otros se me antojan antitéticas, y lo que en unos me irrita en otros me despierta cierta simpatía.

Hace tiempo que dejé de sorprenderme por el hecho de tener que convivir con realidades de todo tipo y condición. Al fin y al cabo soy una persona moderna y exenta de nostalgias del pasado; el mero hecho de pensar en la hediondez que habría de sentirse en las calles de Madrid hace un par de siglos hace que me sienta tremendamente aliviado y agradecido de mi suerte.

Si tanto problema supone mi relación con el género humano lo ideal sería que viajara en Business, pensarán algunos lectores. Bien, puedo asegurar que cuando así ha sido tampoco he estado libre de tales amenazas. Y es que el pequeño precio que tenemos que pagar por vivir en el primer mundo implica que no exista una necesaria correlación entre el nivel económico y el cultural o educativo. Creo sin embargo que la gente como yo debería ser susceptible de recibir subvenciones públicas alegando hipersensibilidad social. Curiosa patología para alguien que vende cubos de basura por el mundo y a quien se presupone un alto grado de adaptabilidad. Pues sí, esa es mi eterna contradicción, debería ser rico para poder permitirme mantener alejados a los indeseables. Sin embargo, he de decir en mi favor, que no soy ningún misántropo, solamente tengo un bajo nivel de tolerancia para las cuestiones de mal gusto. Y además, con tanto Porsche, peluco de oro y demás, ¿por qué leches no van ellos en Business? Su panza se lo agradecería.

1 comentario:

Molador dijo...

Ja ja ja!! Me parto!! Te pasan unas cosas...