
Mi ajetreada vida viajera me lleva hoy por tierra hasta Barcelona, que sin tener el componente aparentemente exótico de mis destinos habituales, he de reconocer que siempre guarda alguna que otra sorpresa. De hecho, empiezo a tener el síndrome de la persona que viaja mucho por el mundo pero que en su propio país se siente más de fuera que de dentro. Vamos, un paleto, pero internacional.
En cualquier caso, aquí me planto con unos clientes del este de Europa que son, en efecto, muy buenos clientes pero unos pésimos huéspedes (lo cual les perdono debido a la primera característica). No es de ellos de quien quiero hablar hoy, aunque bien me daría para un par de escritos de nutrido contenido.
El causante de mi inspiración es no obstante un individuo, veinteañero y de exigua estampa, que regenta una tienda de vinos en la Avenida Diagonal. Para estar ubicada en un sitio tan céntrico, me sorprende que esta tienda, llamada Vinalium, tenga un dependiente que se niega a decir una palabra en castellano, sabiendo que no todos tenemos la suerte de hablar la ilustre lengua del Mossèn Cinto. Hay que ser bastante idiota para comportarse de tal manera cuando entramos en su tienda con la idea de comprar, aunque he de reconocer que en los asuntos del corazón no se suele atender al sentido común, aunque uno sea catalán y haya dinero de por medio. Admirable actitud. No así la mía, que por no montar un pollo delante de los clientes agudicé el oído e intenté comprender todo lo que me decía el fulano. No obstante, aunque conseguimos intercambiar algunas frases en ambas lenguas, con la mejor de mis sonrisas le tuve que decir dos veces que no hablaba catalán, lo que solo consiguió que me repitiera lo mismo, pero más despacio. Todo un detalle. Creo además que no era un tema de vergüenza por no dominar el castellano, ya que este pequeño patriotero no tuvo ningún reparo en hablar un inglés de guardería con mis clientes.
Para colmo, sus recomendaciones a la hora de elegir el vino solamente pasaban del Penedés al Ampurdán, y del Montsant al Costers del Segre. Sinceramente, viéndome abocado a gastarme el dinero en esa tienda, por lo menos le tocaría un poco las pelotas yo también a él. Así que tiré para Rioja y Ribera de Duero, que para algo uno presume de español y de castellano viejo, no sin antes dejarle claro que los vinos catalanes podrán estar muy bien, pero que en lo que se refiere a tintos ganan los otros, los malos, los invasores.
Hacía años que no me pasaba algo así, aunque aquélla vez fue en lo profundo del campo gerundense. Si así se las gastan ahora también en Barcelona, habrá que salir huyendo. Con lo bonito que es Cataluña, y con la cantidad de amigos catalanes que tengo, es toda una lástima. Allá se lo coman. Eso sí, con pa amb tomàquet.
En cualquier caso, aquí me planto con unos clientes del este de Europa que son, en efecto, muy buenos clientes pero unos pésimos huéspedes (lo cual les perdono debido a la primera característica). No es de ellos de quien quiero hablar hoy, aunque bien me daría para un par de escritos de nutrido contenido.
El causante de mi inspiración es no obstante un individuo, veinteañero y de exigua estampa, que regenta una tienda de vinos en la Avenida Diagonal. Para estar ubicada en un sitio tan céntrico, me sorprende que esta tienda, llamada Vinalium, tenga un dependiente que se niega a decir una palabra en castellano, sabiendo que no todos tenemos la suerte de hablar la ilustre lengua del Mossèn Cinto. Hay que ser bastante idiota para comportarse de tal manera cuando entramos en su tienda con la idea de comprar, aunque he de reconocer que en los asuntos del corazón no se suele atender al sentido común, aunque uno sea catalán y haya dinero de por medio. Admirable actitud. No así la mía, que por no montar un pollo delante de los clientes agudicé el oído e intenté comprender todo lo que me decía el fulano. No obstante, aunque conseguimos intercambiar algunas frases en ambas lenguas, con la mejor de mis sonrisas le tuve que decir dos veces que no hablaba catalán, lo que solo consiguió que me repitiera lo mismo, pero más despacio. Todo un detalle. Creo además que no era un tema de vergüenza por no dominar el castellano, ya que este pequeño patriotero no tuvo ningún reparo en hablar un inglés de guardería con mis clientes.
Para colmo, sus recomendaciones a la hora de elegir el vino solamente pasaban del Penedés al Ampurdán, y del Montsant al Costers del Segre. Sinceramente, viéndome abocado a gastarme el dinero en esa tienda, por lo menos le tocaría un poco las pelotas yo también a él. Así que tiré para Rioja y Ribera de Duero, que para algo uno presume de español y de castellano viejo, no sin antes dejarle claro que los vinos catalanes podrán estar muy bien, pero que en lo que se refiere a tintos ganan los otros, los malos, los invasores.
Hacía años que no me pasaba algo así, aunque aquélla vez fue en lo profundo del campo gerundense. Si así se las gastan ahora también en Barcelona, habrá que salir huyendo. Con lo bonito que es Cataluña, y con la cantidad de amigos catalanes que tengo, es toda una lástima. Allá se lo coman. Eso sí, con pa amb tomàquet.

2 comentarios:
Los hay que cuanto mas grande se creen... Mas se empequeñecen... Y cuanto mas cosmopolitas piensan que son... Mas cerca de un pueblo cerrado están... Eso es, lo que parece que buscan la mayoría de los catalanes, por lo visto en las elecciones, habiendo sido en efecto, hace tiempo ya... La locomotora económica y cultural del reino de España!!!
Los hay que cuanto mas grande se creen... Mas se empequeñecen... Y cuanto mas cosmopolitas piensan que son... Mas cerca de un pueblo cerrado están... Eso es, lo que parece que buscan la mayoría de los catalanes, por lo visto en las elecciones, habiendo sido en efecto, hace tiempo ya... La locomotora económica y cultural del reino de España!!!
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