Existen multitud de trabajos. Y no todos son habituales o lo que podría considerarse como “políticamente correctos”. Hay paleontólogos que se pasan la vida desenterrando huesos sin llegar nunca a descubrir nada relevante, biólogos marinos que trabajan en Faunia a tiempo parcial y urólogos cuyo quehacer diario lo ocupa en gran medida el explorar el trasero de sus pacientes. El mío es, sencillamente, exportar cubos de basura, lo que supone, en boca de nuestro director comercial, “la muerte de un viajante”. Dejando de lado la dramática historia del protagonista de la novela de Arthur Miller, el caso es que mi trabajo consiste, grosso modo, en patear el mundo conocido en busca de oportunidades de negocio, o lo que es lo mismo, buscando basura que meter en dichos cubos. Visto así tiene la apariencia de ser un trabajo poco glamouroso, aunque lo cierto es que tiene su aquél. Consta además de cierta complejidad, máxime cuando uno se topa con clientes que tienen por costumbre cerrar operaciones a 230 km/h por carreteras turcas bajo amenaza de no poner las manos en el volante. Así cualquiera vende bajo precio, claro.

Esta vez, los cubos me han traído hasta Pamukkale, cuna de la civilización frigia y pueblo célebre por sus termas de aguas calcáreas, popularizado gracias a un anuncio de yogures del que nadie se acuerda. En cualquier caso siempre quise venir aquí, y más de 15 años después de saber de la existencia de esta maravilla geológica tengo la oportunidad de venir… y marcharme como vine.
Y no es que Pamukkale sea un sitio donde la gente venga a menudo (al menos no desde Madrid, sito a 4.107 km, aunque 82 de los cuales sean “por carreteras agradables” según reza la Guía Michelín). Aún así, me he propuesto volver. Cuando se lo comenté a mi jefe por teléfono no sólo no le extrañó, sino que me dijo: “¡Claro! ¿Qué quieres? ¡Estás ahí para currar, chaval!”. Una pena, la verdad.

Esta vez, los cubos me han traído hasta Pamukkale, cuna de la civilización frigia y pueblo célebre por sus termas de aguas calcáreas, popularizado gracias a un anuncio de yogures del que nadie se acuerda. En cualquier caso siempre quise venir aquí, y más de 15 años después de saber de la existencia de esta maravilla geológica tengo la oportunidad de venir… y marcharme como vine.
Y no es que Pamukkale sea un sitio donde la gente venga a menudo (al menos no desde Madrid, sito a 4.107 km, aunque 82 de los cuales sean “por carreteras agradables” según reza la Guía Michelín). Aún así, me he propuesto volver. Cuando se lo comenté a mi jefe por teléfono no sólo no le extrañó, sino que me dijo: “¡Claro! ¿Qué quieres? ¡Estás ahí para currar, chaval!”. Una pena, la verdad.

1 comentario:
Eso que cuentas me recuerda a "Astérix", cuando los legionarios romanos exclaman con cara triste:"Enrólate. - te dicen - Verás países"...Besos
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