jueves, 7 de febrero de 2008

Los finlandeses también sudan

Y huelen. Mal, quiero decir. Si no se duchan, claro. Y también pueden ser rudos hasta extremos insospechados.
He aquí el tema que traigo hoy a colación, sentado en la fila dieciséis de un repleto Airbus A-321 de Finnair con destino Helsinki. Nunca he creído ser una persona prejuiciosa, aunque mis amigos progres disfruten haciéndome creer que no es así. Reconozco no obstante que los prejuicios han limitado mi apriorística percepción de muchas realidades que, si no hubiera conocido más en profundidad posteriormente, me habrían privado de grandes amistades, argumentos y puntos de vista. En definitiva, habría perdido la oportunidad de ganar perspectiva, algo para lo que hay que estar dispuesto, ya que exige un talante dialogante y conciliador de que en situaciones cuesta armarse.
El caso es que como por influencia paterna tiendo bastante hacia el raciovitalismo, procuro empaparme de las realidades que me circundan gracias a mi trabajo. Y, la realidad que me circunda hoy, es una pareja de finlandeses enormes, amigos y residentes en algún pueblo de la costa malagueña varias semanas al semestre. La verdad es que no tengo ningún problema en viajar en turista, política inexorable de la sobria y racional empresa en la que trabajo, aunque de cuando en cuando tengo la cuestionable suerte de encontrarme sentado junto a tipos que consiguen convertir un placentero viaje de reflexión y lectura en cuatro horas de hedor intenso.

Una vez estudiada la inconveniencia de enrabietarme injustificadamente con estos tipos, mi capacidad de adaptación a entornos hostiles me recomienda los tres pasos inmediatos a seguir: quitarse la corbata, pedir tres vodkas y brindar con mis nuevos amigos: ¡KIPPIS!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Jajaja, espero que no te encuentres en situaciones hostiles demasiado a menudo: a vodka por cada una de ellas igual tu hígado empieza a tener algún prejuicio...